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Tengo tantas cicatrices en mi pecho

Por Clemente Terrero*

LUIS ARIAS MICHEL fue mi profesor en la época en que estudiaba la secundaria en la tanda matutina en el Liceo público, mientras que en la vespertina cursaba un secretariado auxiliar en la cámara oficial de comercio en Barahona, por dos años. Contabilidad, comercio, mecanografía y redacción eran algunas de las materias del programa de estudio.

El profesor Luis Arias era mi maestro de contabilidad en el curso técnico del secretariado auxiliar. Se sabía todas las operaciones contables, la cual demostraba en los cálculos, suma y resta que realizaba en cada columna de los estados de cuentas En la mayoría de los casos nos pasábamos hasta una semana preparando cada estado que nos ponía como tarea.

Era una persona muy culta, inteligente y preparada, dotado de una verborrea extraordinaria, la cual exhibía en cada una de sus clases. Era muy amigable, gentil y afable, tenía la capacidad de seleccionar como amigos a los estudiantes que consideraba más nobles y que mostraran mayor grado de inteligencia.

El profesor Luis era además una persona muy cariñosa y dulce, lo digo porque a pesar de que yo había terminado hacia muchísimos años el curso del secretariado técnico, siempre me  trato con devoción cada vez que nos veíamos cuando regresaba a mi pueblo en las vacaciones después de terminar el semestre en la universidad.

Una característica muy importante del profesor Luis Arias era su afición por la política, siendo uno de los principales dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano en Barahona que enfrentó dura de la dictadura balaguerista, fue siempre un gran crítico de los desmanes, los abusos, la represión y los crimines que cometía ese régimen contra la juventud, la oposición y la población en general.

A pesar de su inteligencia, su capacidad y conocimiento, por su firme postura política fue aislado y excluido socialmente y sometido a la más horrenda pobreza, sufrida por un ser humano. Pero mi profesor la resistió con gallardía por muchísimos años, lo hacía acompañado con frecuencia de algunas copas de licor, con la cual trataba de olvidar sus penas.

Con muchas limitaciones mi profesor podía subsistir con lo poco que le pagaban por las clases que impartía en el instituto comercial. Vivía con su esposa en medio de precariedades en una casa de madera techada de palma, unos muebles de palitos, y una humilde cama para dormir, a pesar de ser uno de los intelectuales de mentes más luminosas de mi comunidad.

En ese estado de miseria, aquel hombre que sabiéndose así mismo una lumbrera, no había podido superar su deplorable condición de existencia y que al mirar a su derredor veía gente que, no teniendo su talento y su talla intelectual podían vivir en la abundancia fruto de los favores y del trabajo político sucio, por eso pienso que mi profesor se sentía, miserable y fracasado.

Un día el sádico Balaguer aprovechándose de sus malas condiciones económicas le propone nombrarlo como ayudante civil de la presidencia con un sueldo de 400 pesos mensuales, considerado mucho dinero para la época. Aquel hombre firme y combativo agobiado por su estado de pobreza y excluido de los círculos sociales decide aceptar la propuesta, la cual como era obvio le da un cambio a su vida, ya no iba a la clase en ropa maltratada, sino mejor vestido y planchado, con un semblante distinto. Pero la suerte duró poco, dos años después el gobierno de Balaguer pierde las elecciones ante el Partido Revolución Dominicano.

Pero lo que más me duele de ese hecho es que, sus compañeros del Partido Revolucionario Dominicano en vez de considerarlo y tratarlo con compasión por su historia de resistencia, honestidad, su pensamiento político critico que lo mantuvo viviendo en estado deplorable, lo cancelaron, lo golpearon y lo humillaron, regresando a su estado de pobreza anterior en el que finalmente murió.

Por cosas como ésa fue que en muchos momentos, con tristeza lo escuche decir: TENGO TANTAS CICATRICES EN MI PECHO, QUE YA, NO ME CABE UNA MÁS. La ingratitud, la maldad  y la traición.

Honor y gloria maestro, gracias por tus enseñanzas y por tu ejemplo.

*El autor es médico pediatra

 

 

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