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Dinero, poder y sanguijuelas

Por: Valentín Medrano Peña
El poder y el dinero siempre están relacionados, aún cuando en algún momento se esté en la disyuntiva de escoger entre uno y otro.
En esa bifurcación infrecuente se habrá de tomar en cuenta incontables factores, que a la postre retratarán el cansancio de la persona de poder o la actitud inteligente de replegarse y fortificarse económicamente para una próxima incursión en busca del poder, ya que el factor económico crea las plataformas para optar con ciertas posibilidades en la lucha perenne por el poder.
Si de natural y sin esos objetivos se opta por el dinero se demostrará incapacidad, se obviará el disfrute del único placer que el dinero no puede comprar, aproximar si, pero comprar nunca, el poder.
Aunque el dinero es un elemento esencial para su obtención, sobre todo en democracias débiles, con excluidos y necesitados, este elemento no gana elecciones por sí solo, y es por ello que hemos visto desfilar a cientos de multimillonarios candidatos que tienen que conformarse con haber dado la batalla y perdido unos cuantos millones sin alcanzar el solio pretendido.
El poder sin embargo no está hecho para todos. No a pocos ha embriagado y sacado al espeluznante verdadero yo que las precariedades o la exclusión del poder supieron ocultar tan eficazmente.
Ahí brota el sátrapa o el Caudillo o el arbitrario o el vengativo. Y todos nos sorprendemos y padecemos.
Pero igual a su alrededor se posará una claque de odiosos lambiscones, de sanguijuelas, que verán en cualquiera con talento y bonhomía un peligro latente, y acudirán a la puñalada trapera, y a una de las más destructivas maquinaciones en pos de detractar y dañar, la hipocresía que se combina con la infamia.
Y crearán un perfil de peligroso, de nocivo, de intempestivo cositero,  de iracundo chocador, o lo que se les ocurra para dañar, y desdeñarán el talento y las acertadas opiniones contrastándolas o modificándolas en las formas y apropiándonoslas para crecer, eso es lo que precede al cerco que luego crearán para impedir el roce con el detentador del poder.
El poder es corruptor se sabe, pero el mayor incidente de ese nocivo proceder es el entorno del detentador del poder, pues les infunden ínfulas y plantean espectros de posibilidades en que se puede sisar sin problemas y con un objetivo, que obviamente les incluye en el reparto.
Quieren, buscan, procuran ejercer poder por interpósita persona constituyéndose en el buen asesor que no obstante siempre asesora en contra de los más próximos al ente de poder, pues debe minar sus fuerzas y fortificar su cerco.
Por ello, el hombre de poder ha de tener en claro su inquebrantable compromiso ideológico, aprender a leer personas, saber quiénes son sus amigos, a quién mueve cada Interes y quienes son desinteresados. Debe tener asesores para lo que desconoce y revisores para lo que sabe, pero sobre todo debe tener claro qué quiere hacer con el poder que ostenta, que siempre es delegado, bien por su soberano pueblo, bien por Dios que le cede y mantiene la vida. Pero ese “saber qué se pretende hacer” debe preceder al ejercicio pleno del poder, pues de lo contrario, el poder terminará engulléndolo, convirtiéndolo en un ser reactívo y no proactívo.
El poder es por igual una responsabilidad, pues este esculpe una historia indeleble, real, inmaquillable, en la que al final el nombre del poderoso podrá ser alabado o abominado. Es una elección que se hace en cada toma de decisión en el ejercicio del poder.
“Cualquiera podría detentar poder, pero no cualquiera puede administrar sabiamente y sin excesos ese poder”.

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