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Primarias abiertas y democracia interna en los partidos políticos

Ante el debate suscitado en el país en torno a la pertinencia o no de la celebración de elecciones primarias abiertas o cerradas ha corrido mucha tinta, la presente reflexión académica pretende aportar mi punto de vista al respecto, como ciudadano en ejercicio de sus deberes democráticos.

Propongo como hilo conductor, que facilitaría poner en perspectiva la citada polémica en torno a las implicaciones de las primarias en sus dos modalidades, el concepto de democracia interna, por demás constitucionalizado en el artículo 216 de la Constitución dominicana vigente en la actualidad.

En un primer momento, la celebración de primarias abiertas como mecanismo de nominación de la representación contó con la aquiescencia a nivel de la región latinoamericana de un sector importante del quehacer académico y de líderes políticos y de opinión publica, que entendían que era el procedimiento natural en el ámbito de la selección de autoridades.

Sin dejar de reconocer que el camino del infierno está adornado de rosas, las primarias abiertas en cierta forma plantean la expectativa de abrir una ventana de legitimidad partidaria, en la medida en que posibilitarían ciertas mejoras en la recuperación del rol partidario de ser el vehículo idóneo de representación de demandas societales, procesarlas y convertirlas en políticas publicas armónicas con el Estado en un proyecto de nación.

Pero, de entrada, somos conteste del impacto positivo para la democracia interna partidaria, el hecho de que sean solo los ciudadanos inscritos en sus respectivos partidos políticos los depositarios de la selección de sus autoridades y de que, además, ellos mismos puedan postular a cargos de elección popular, que también es un derecho fundamental consagrado constitucionalmente, elegir y ser elegido.

Pero ante el pulso jurídico-político sobre las elecciones primarias y las ventajas y desventajas de que sean impuesta por una ley, entiendo que en el contexto de baja institucionalidad en que se desempeña el accionar de los partidos políticos dominicanos, dicha imposición por ley haría más daño que bien al sistema de partidos.

En el escenario nacional actual sería un riesgo imponer primarias abiertas, independientemente de que sean simultaneas o no, en la medida en que la exposición pública de los desacuerdos intra partidos e intra tendencias, terminan estimulando una mayor personalización de la representación política, alimentando estériles enfrentamientos entre el liderazgo partidario, que derivaría en una especie de fragmentación partidaria innecesaria, que a su vez socavaría las bases del sistema partidario, obstaculizando la principal función de los partidos de ser mediadores entre las demandas de la sociedad y el Estado.

Lo cierto es que con la entronización de las primarias abiertas en el debate político nacional, se introduce un elemento altamente contradictorio y riesgoso, sobre todo en el actual contexto de ausencia de una ley de partidos, ya que se pretende vender este mecanismo como panacea para limitar la dictadura de las élites partidarias, como diría Roberts Michaels, en su Ley de hierro de la oligarquía, ya que según esa lógica, eliminando la intermediación entre dichas élites y la ciudadanía, se haría mas pulcro el proceso de elección de los representantes y dotaría de mayor autonomía a los candidatos del partido, lo que supuestamente haría más flexible los compromisos programáticos de los dirigentes electos para asumir decisiones en harás del bien común.

Quienes se inscriben en la defensa de las primarias abiertas, evidencian su total desconfianza en los partidos políticos y su capacidad para autorregularse, (estamentos constitucionalizado en el articulo104 de la actual Constitución) posición que entraña una contradicción jurídica y política, ya que, si se da por descontado que los partidos no tienen la capacidad de autorregularse, estarían inhabilitado para dirigir el Estado.

Quien suscribe, como abanderado del impulso de un necesario proceso de democratización a lo interno de los partidos políticos dominicanos, entiendo que la condición sine qua non es reconocer en los partidos políticos su insustituible rol de ser el más idóneo vehículo para canalizar y representar las demandas y preferencias ciudadanas.

La pretensión de imponer por ley las primarias abiertas y simultaneas pone al descubierto la contradicción implícita en la lógica argumental más utilizada por quienes la defienden, que consiste en vender que la representatividad de los partidos se incrementa mediante un procedimiento que, en la práctica, no hace más que desligar olímpicamente a la matrícula de militantes internos, de las decisiones de elegir a sus representantes.

De imponerse por ley las primarias abiertas, se abrirían las compuertas para la negación de las atribuciones del partido como forjador de la voluntad política, negando sus capacidades para ser el vector de intermediación por excelencia entre la sociedad y el Estado, rol indelegable de todo partido político en el marco de lo que llama Roberts Dahl, un régimen poliárquico pluralista.

 

Ms. Felipe Carvajal

Master en Estudios Políticos Electorales.

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